La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Aquel incidente, que podía tener consecuencias funestas -por lo menos según el juicio de Pencroff-, produjo efectos diversos en los compañeros del honrado marino.
Nab, entregado por completo al júbilo de haber encontrado a su amo, no escuchó, o mejor dicho no quiso preocuparse de lo que decía Pencroff. Harbert pareció participar en los temores del marino. En cuanto al corresponsal, respondió sencillamente a las palabras de Pencroff:
-Le aseguro, amigo mío, que eso me tiene sin cuidado.
-Pero, repito, no tenemos fuego.
-¡Bah!
-Ni ningún modo de encenderlo.
-¡Bueno!
-Sin embargo, señor Spilett...
-¿No está Ciro aquí? -contestó el corresponsal-. ¿No está vivo nuestro ingeniero? ¡Ya encontrará medio de procurarnos fuego!
-¿Con qué?
-Con nada.