La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Que haremos fósforos.
-¿Químicos?
-¡Químicos!
-No es difícil eso -exclamó el reportero, dando un golpecito en el hombre del marino.
Este no encontraba la cosa tan sencilla, pero no protestó. Todos salieron. El tiempo se había despejado; el sol se levantaba en el horizonte del mar y hacía brillar como pajitas de oro las rugosidades prismáticas de la enorme muralla.
El ingeniero, después de haber dirigido en torno suyo una rápida mirada, se sentó en una roca. Harbert le ofreció unos puñados de moluscos y de sargazos, diciendo: -Es todo lo que tenemos, señor Ciro.
-Gracias, hijo mío -respondió Ciro Smith-, esto será suficiente para esta mañana, por lo menos.
Y comió con apetito aquel débil alimento, que acompañó de un poco de agua fresca, cogida del río con una concha grande.