La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Sus compañeros lo miraban sin hablar. Después de haber satisfecho bien o mal su hambre y su sed, Ciro Smith dijo, cruzando los brazos:
-Amigos míos, ¿de modo que no saben si hemos sido arrojados a un continente o a una isla?
-No, señor Ciro -contestó el joven.
-Lo sabremos mañana -añadió el ingeniero-. Hasta entonces no tenemos nada que hacer.
-¡Sí! -replicó Pencroff.
-¿Qué?
-Fuego -dijo el marino, que también tenía su idea fija.
-Ya lo haremos, Pencroff -dijo Ciro Smith-. Mientras que ustedes me transportaban ayer, me pareció ver hacia el oeste una montaña que domina este país.
-Sí -contestó Gedeón Spilett-, una montaña que debe ser bastante elevada...
-Bien -repuso el ingeniero-. Mañana subiremos a la cima y veremos si esta tierra es una isla o continente. Hasta mañana, repito, no hay nada que hacer.
-¡Sí, fuego! -dijo aún el obstinado marino.
-¡Ya se hará fuego! -replicó Gedeón Spilett-. ¡Un poco de paciencia, Pencroff!
El marino miró a Gedeón Spilett con un aire que parecía decir: “¡Si es usted quien lo ha de hacer, ya tenemos para rato comer asado! “ Pero se calló.