La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Después, pasados los claros, el bosque se estrechó y se hizo casi impenetrable. Guiarse en medio de aquellas masas de árboles, sin ningún camino trazado, era bastante difícil. Por esto el marino, de cuando en cuando, establecía jalones, rompiendo algunas ramas que debían señalarles el camino a su vuelta. Pero quizá no había hecho bien en no seguir el curso del río, como Harbert y él habían hecho en su primera excursión, porque después de una hora de marcha no se había dejado ver ni una sola pieza de caza. Top, corriendo bajo las altas hierbas, no levantaba más que avecillas a las cuales no se podían aproximar. Los mismos curucús eran absolutamente invisibles, y probablemente el marino se vería forzado a volver a la parte pantanosa del bosque, en la cual había operado tan felizmente en su pesca de tetraos.
-¡Eh, Pencroff! -dijo Nab en tono algo sarcástico-, ¡si ésta es la caza que ha prometido llevar a mi amo, no necesitará fuego para asarla!
-Paciencia, Nab -contestó el marino-, ¡no faltará caza a la vuelta!
-¿No tiene confianza en el señor Smith?
-Sí.
-Pero no cree usted que hará fuego.
-Lo creeré cuando la madera arda en la lumbre.
-Arderá, puesto que mi amo lo ha dicho.
-¡Veremos!