La Isla misteriosa

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Entretanto, el sol no había aún llegado al más alto punto de su curso en el horizonte. La exploración continuó y fue útilmente señalada por el descubrimiento que Harbert hizo de un árbol cuyas frutas eran comestibles. Era el pino piñonero, que producía un piñón excelente, muy estimado en las regiones templadas de América y Europa. Aquellos piñones estaban maduros y Harbert los señaló a sus dos compañeros, que comieron en abundancia.

-Vamos -dijo Pencroff-, tendremos algas a guisa de pan, moluscos crudos a falta de carne, y piñones para postre; tal es la comida de las personas que no tienen una cerilla en los bolsillos.

-No hay que quejarse -contestó Harbert.

-No me quejo -añadió Pencroff-, solamente repito que la carne brilla demasiado por su ausencia en estas comidas.

-No es ése el parecer de Top... -exclamó Nab, y corrió hacia un matorral en medio del cual había desaparecido el perro ladrando. A los ladridos de Top se mezclaron unos gruñidos singulares. El marino y Harbert habían seguido a Nab. Si había allí caza, no era el momento de discutir cómo podrían cocerla, sino cómo podrían apoderarse de ella.


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