La Isla misteriosa
La Isla misteriosa El ingeniero y sus compañeros, mudos e inmóviles, recorrieron con la mirada en algunos minutos todos los puntos del océano; registraron aquel océano hasta sus más extremos límites, pero Pencroff, que poseía un poderoso poder visual, no vio nada y ciertamente, si hubiese aparecido alguna tierra, aunque sólo hubiera sido bajo forma de un tenue vapor, el marino la hubiera visto, porque eran dos verdaderos telescopios lo que la naturaleza había puesto bajo el arco de sus cejas. Del océano dirigieron sus miradas sobre la isla, cuya totalidad dominaban, y la primera pregunta salió de labios de Gedeón:
-¿Qué extensión puede tener esta isla?
Realmente no parecía mucha en medio de aquel inmenso océano. Ciro reflexionó un instante, observó atentamente el perímetro de la isla, teniendo en cuenta la altura a que se hallaba situada, y dijo luego:
-Amigos, creo no equivocarme dando al litoral de la isla un perímetro de más de cien millas.
-¿Y de superficie?
-Es muy difícil calcularla -replicó el ingeniero-, porque está caprichosamente ondulada.