La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Muy bien! -exclamó el corresponsal-. Esto simplificará en lo sucesivo las instrucciones que tenga usted que damos.
-En efecto -añadió el marino-, ya es algo poder decir adónde se va y de dónde se viene. A lo mejor se sabe que está uno en alguna parte.
-Las Chimeneas, por ejemplo -propuso Harbert.
-Justo -repuso Pencroff-. Ese nombre es muy adecuado y ya se me había ocurrido.
¿Daremos a nuestro campamento el nombre de Chimeneas, señor Ciro?
-Sí, Pencroff, puesto que lo han bautizado ustedes así.
-Bueno, en cuanto al resto, no será difícil darles nombres -continuó el marino, que estaba en vena-. Empleemos los mismos que Robinson, cuya historia me sé de memoria: la “Bahía de la Providencia”, la “Punta de los Cachalotes”, el “Cabo de la Esperanza fallida”...
-O bien los nombres de Smith, Spilett, Nab... -dijo Harbert.
-¡No, no! -interrumpió Nab, dejando ver sus dientes de brillante blancura.
-¿Por qué no? -replicó Pencroff-. El “puerto Nab” suena muy bien. ¿Y el “cabo Gedeón”?