La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Grandes trozos de basalto, que, según las experiencias de Bischof, ha necesitado para enfriarse trescientos cincuenta millones de años, cubrían la llanura, muy quebrada en ciertos sitios. Sin embargo, no había señales de lavas, las cuales se habían extendido por las laderas septentrionales.
Ciro Smith creía, pues, alcanzar sin incidente el curso del arroyo que, según él, debía correr entre los árboles por la línea de la llanura, cuando vio ir hacia él precipitadamente a Harbert, mientras que Nab y el marino se escondían detrás de las rocas.
-¿Qué ocurre, amigo mío? -preguntó Gedeón Spilett.
-Una humareda -contestó Harbert-. Hemos visto una humareda elevarse entre las rocas, a cien pasos de nosotros.
-¿Hombres en estos parajes? -exclamó el periodista.
-Evitemos que nos vean antes de saber quiénes son -contestó Ciro Smith-. Si hay indígenas en esta isla, más bien los temo que los deseo.
¿Dónde está Top?
-Top va delante.
-¿Y no ladra?
-No.
-Es raro. Sin embargo, trataremos de llamarlo.