La Isla misteriosa
La Isla misteriosa En algunos instantes el ingeniero, Gedeón Spilett y Harbert se habían reunido con sus dos compañeros, y, como ellos, se ocultaron detrás de los trozos de basalto.
Top, llamado por un ligero silbido de su dueño, volvió, y éste, haciendo signo a sus compañeros de que esperasen, se deslizó entre las rocas.
Los colonos, inmóviles, esperaban con cierta ansiedad el resultado de aquella exploración, cuando les llamó Ciro Smith. Llegaron y les chocó desde luego el olor desagradable que impregnaba la atmósfera. Aquel olor, cuya causa podía conocerse fácilmente, había bastado al ingeniero para adivinar de dónde provenía aquella humareda, que al principio le había alarmado.
-Este fuego -dijo-, o mejor dicho esta humareda, proviene de la naturaleza. No hay más que una fuente sulfurosa, que nos permitirá curar eficazmente nuestras laringitis.
-¡Vaya! -exclamó Pencroff-. ¡Qué desgracia que yo no esté resfriado!