La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Así, pues, Harbert añadió el ingeniero-, has hecho un descubrimiento de grandísima importancia para nosotros. En las condiciones en que estamos, todo, amigos míos, todo puede servimos; y ruego que no lo olviden.
-No, señor Ciro, no lo olvidaremos -dijo Pencroff-, y si alguna vez encuentro uno de esos granos de tabaco que se multiplican por trescientos setenta mil, le aseguro a usted que no lo tiraré por la ventana. Y ahora, ¿sabe usted lo que debemos hacer?
-Sembrar este grano -contestó Harbert.
-Sí -añadió Gedeón Spilett-, y con todos los miramientos que le son debidos, porque lleva en sí nuestras cosechas del porvenir.
-¡Con tal que germine! -exclamó el marino.
-Germinará -afirmó Ciro Smith.
Era el 20 de junio: momento propicio para sembrar aquel único y precioso grano de trigo. Primero se trató de sembrarlo en un puchero; pero, bien pensado, se resolvió recomendarle más a la naturaleza y confiarle a la tierra. Se hizo así el mismo día, y es inútil añadir que se tomaron todas las precauciones para que la operación tuviese buen éxito.