La Isla misteriosa

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Sin embargo, para mayor precaución, Harbert se tomó el cuidado, que Nab consideró superfluo, de calzar al animal con gruesos cantos; hecho lo cual, los dos cazadores volvieron al Palacio de granito siguiendo la playa, que la baja marea dejaba descubierta en una buena extensión. Harbert, queriendo dar una sorpresa a Pencroff, no le dijo nada del

“soberbio ejemplar de quelonios” que había dejado en la arena; pero dos horas después estaba de vuelta con Nab y el carretón en el sitio donde lo habían dejado. El “soberbio ejemplar de quelonios” no estaba allí. Nab y Harbert se miraron sorprendidos y después observaron alrededor. Aquél era, sin embargo, el sitio donde habían dejado la tortuga. El joven encontró los cantos de que se había servido; por consiguiente, estaba seguro de no haberse engañado.

-¡Caramba! -exclamó Nab-. ¡Esos animales saben volverse a su posición natural!

-Así parece -repuso Harbert, que no comprendía la desaparición de la tortuga y contemplaba los cantos esparcidos por la arena.

-¡No creo que se alegre mucho Pencroff de este acontecimiento!

-El señor Smith me parece que tendrá alguna dificultad en explicarlo pensó Harbert.

-Bueno -repuso Nab, que quería ocultar su contrariedad-, no hablemos del asunto.


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