La Isla misteriosa

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-Al contrario, Nab, hay que hablar de ello -dijo Harbert. Y ambos volvieron con el carretón al Palacio de granito. Al llegar al arsenal donde el ingeniero y el marino trabajaban, Harbert refirió lo que había ocurrido.

-¡Ah, torpes! -exclamó el marino-. ¡Haber dejado escapar por lo menos cincuenta sopas!

-Pero, Pencroff -dijo Nab-, si el animal se escapó no es culpa nuestra, pues ya te he dicho que lo volvimos patas arriba.

-Pues no la volveríais bien -dijo el obstinado marino. -¡Vaya si la volvimos! -exclamó Harbert.

Y refirió el cuidado que había tenido de calzar con cantos el caparazón de la tortuga.

-Entonces se ha escapado por milagro -replicó Pencroff.

-Yo creía, señor Ciro -dijo Harbert-, que las tortugas, una vez vueltas sobre el caparazón, no podían recobrar su posición natural, sobre todo si eran muy grandes.

-Así es, hijo mío -contestó Ciro Smith.

-Entonces, ¿cómo se explica...?


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