La Isla misteriosa

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No había, pues, en ninguno de los objetos señal que pudiera indicar su procedencia; nada, por consiguiente, que pudiera servir para adivinar la nacionalidad del buque que en época reciente debió de haber pasado por aquellos parajes. Pero aquel cajón, viniera de donde viniese, enriquecía a los colonos de la isla Lincoln. Hasta entonces, transformando los productos de la naturaleza, lo habían creado todo por sí mismos, y, merced a sus inteligencias, fueron vencidas las dificultades. Pero a la sazón, la Providencia parecía haber querido recompensarlos enviándoles aquellos diferentes productos de la industria humana. Así, pues, elevaron unánimemente al cielo sus acciones de gracias.

Sin embargo, uno de ellos no estaba absolutamente satisfecho; era Pencroff. Parecía que en el cajón faltaba una cosa que él deseó haber encontrado. A medida que iban saliendo los objetos disminuía la intensidad de sus hurras, y concluido el inventario se le oyó murmurar estas palabras:

-Todo esto es muy bueno; pero ya veréis que no hay nada para mí en ese cajón. Le oyó Nab y le preguntó:

-Pencroff, ¿qué esperabas encontrar para ti?

-Media libra de tabaco -contestó Pencroff-, y entonces mi felicidad habría sido completa.


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