La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Los circunstantes se rieron, al oír la observación del marino. De aquel descubrimiento del cajón resultaba necesario hacer una exploración detenida de la isla. Se convino que al día siguiente, al amanecer, se emprendería la marcha subiendo el curso del río de la Merced, hasta llegar a la costa occidental. Si en aquel punto de la costa habían desembarcado náufragos, se podía esperar que se hallasen sin recursos y había que socorrerlos.
Durante el día fueron trasladados al Palacio de granito los diversos objetos y colocados ordenadamente en el salón.
Aquel día, 29 de octubre, era precisamente domingo y, antes de acostarse, Harbert rogó al ingeniero que les leyese algún pasaje del Evangelio.
-Con mucho gusto -dijo Ciro Smith.
Y, tomando el libro sagrado, iba a abrirlo, cuando Pencroff le detuvo, diciendo:
-Señor Ciro, soy supersticioso. Abra usted al acaso y léanos el primer versículo con que tropiece su vista. Veremos si puede aplicarse a nuestra situación.
Ciro Smith se sonrió, al oír la reflexión del marino, y, accediendo a sus deseos, abrió el Evangelio precisamente por un sitio donde había un registro que separaba las páginas. Se fijaron sus ojos en una cruz roja hecha con lápiz, que estaba al margen del versículo octavo del capítulo siete del Evangelio de San Mateo.