La Isla misteriosa
La Isla misteriosa De cuando en cuando, en ciertos parajes donde el desembarco era fácil, la piragua se detenÃa y entonces Gedeón Spilett, Harbert y Pencroff, armados de fusiles y precedidos de Top, hacÃan una batida por la orilla. Sin contar la caza, podÃa encontrarse también alguna planta útil que no debÃa despreciarse, y el joven naturalista se encontró en este punto servido a pedir de boca, porque descubrió una especie de espinacas silvestres de la familia de las quenopódeas y muchos ejemplares de crucÃferas del género col, que sin duda serÃa fácil civilizar mediante el trasplante; eran berros, rábanos, más o menos silvestres, y en fin, unos tallos ramosos y ligeramente velludos y de un metro de altura, que producÃan granos parduscos.
¿Sabes tú qué planta es ésa? -preguntó Harbert al marino.
-¡Tabaco! -gritó Pencroff, que evidentemente no habÃa visto su planta predilecta más que en el agujero de su pipa.
-No, Pencroff -dijo Harbert-, no es tabaco, es mostaza.
-¡Bien por la mostaza! -repuso el marino-. Si se presenta una planta de tabaco, no la desprecies.
-Ya la encontraremos algún dÃa -dijo Gedeón Spilett.
-¿De veras? -exclamó Pencroff-. Ese dÃa no sé qué faltará ya en nuestra isla.