La Isla misteriosa

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Aquellas diversas plantas arrancadas cuidadosamente con raíces fueron trasladadas a la piragua, donde permanecía aún Ciro Smith, absorto en sus reflexiones.

El periodista, Harbert y Pencroff desembarcaron muchas veces en la orilla derecha o en la izquierda del río de la Merced, ésta última menos acantilada y más cubierta de árboles. El ingeniero, consultando la brújula de bolsillo, pudo comprobar que el río, desde el primer recodo, tomaba sensiblemente la dirección sudoeste y nordeste y la seguía casi en línea recta por espacio de unas tres millas. Pero era de suponer que se modificase esta dirección más lejos y que el río subiese luego al noroeste, hacia los contrafuertes del monte Franklin, que debían alimentarse con sus aguas.

Durante una de estas excursiones Gedeón Spilett consiguió apoderarse de dos parejas de gallináceas vivas. Eran volátiles de pico largo y delgado, cuellos prolongados, alas cortas y sin apariencia de cola. Harbert les dio con razón el nombre de tinamúes y se decidió que serían los primeros huéspedes del futuro corral.


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