La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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El ingeniero manifestó cierta impaciencia por llegar a la costa occidental de la isla Lincoln, distante, según su cálculo, unas cinco millas. Continuó la navegación; y aunque el río, por el curso que entonces llevaba, parecía dirigirse no hacia el litoral, sino hacia el monte Franklin, se convino en no dejar la piragua mientras hubiese bajo la quilla bastante agua para mantenerla a flote. Así se ganaba tiempo y se ahorraba trabajo, porque de otro modo habría sido preciso abrirse camino con las hachas a través de la espesura.

Pronto el flujo cesó completamente, ya porque la marea bajase, en efecto debía estar bajando a aquella hora, ya porque no se hiciese sentir a tal distancia de la desembocadura del río de la Merced. Fue preciso armar los remos; Nab y Harbert se pusieron en su banco; Pencroff empuñó la espadilla y así continuaron subiendo por el río. Parecía que el bosque se aclaraba un poco hacia el Far-West. Los árboles eran menos espesos y a veces aparecían aislados; pero precisamente por hallarse más espaciados gozaban más libremente del aire puro que circulaba alrededor y ganaban mucho en magnificencia.

¡Qué espléndidos ejemplares de la flora de aquella latitud!

Seguramente que su aspecto sólo habría bastado a un botánico para determinar sin vacilación el paralelo que la isla Lincoln atravesaba.

-¡Eucaliptos! -exclamó Harbert.


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