La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Esos soberbios vegetales, últimos gigantes de la zona extratropical, eran congéneres de los eucaliptos de Australia y de Nueva Zelanda, países ambos situados en la misma latitud que la isla Lincoln. Algunos tenían hasta doscientos pies de elevación; su tronco medía veinte pies de circunferencia en la base, y su corteza, surcada por una red de resina perfumada, llegaba a tener hasta cinco pulgadas de espesor. Nada más maravilloso ni tampoco más singular que aquellos enormes ejemplares de la familia de las mirtáceas, cuyo follaje, presentándose de perfil a la luz, dejaba penetrar hasta el suelo los rayos del sol. Al pie de aquellos eucaliptos una fresca hierba alfombraba el suelo y de entre la espesura de sus ramas salían bandadas de pajarillos, que resplandecían como carbunclos alados en rayos solares.
-¡Magníficos árboles! -exclamó Nab-. ¿Sirven para algo?
-¡Bah! -dijo Pencroff-. Con los vegetales gigantes debe suceder lo mismo que con los hombres gigantes: no sirven más que para enseñarlos en las ferias.
-Creo que está en un error, Pencroff -repuso Gedeón Spilett-, pues empieza a usarse muy ventajosamente la madera de eucalipto en la ebanistería.