La Isla misteriosa

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-Sí -contestó Ciro-, continuaremos todo lo que podamos. Mañana, al romper el día, dejaremos la canoa. Creo que en dos horas podremos atravesar la distancia que nos separa de la costa y tendremos libre casi todo el día para explorar el litoral.

-¡Adelante! -gritó Pencroff.

Pero pronto la piragua rozó el fondo pedregoso del río, cuya anchura a la sazón no pasaba de veinte pies. Una capa espesa de verdor tapizaba su lecho y sus orillas, y le envolvía en una semioscuridad. Oíase también el ruido bastante claro de un salto de agua, que indicaba a algún centenar de pasos más arriba la existencia de una barrera natural. Al volver el último recodo del río, apareció una cascada a través de los árboles. La canoa tocó fondo y poco después estaba amarrada a un tronco cerca de la orilla derecha.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Los últimos rayos del sol, penetrando a través del espeso ramaje, herían oblicuamente la pequeña cascada, cuyo polvo húmedo resplandecía con todos los colores del prisma. Más allá, el lecho del río de la Merced desaparecía bajo la espesura, donde se alimentaba con algún oculto manantial. Los diversos riachuelos, sus afluentes, le transformaban más abajo en un verdadero río, pero a aquella altura era un arroyo límpido y nada profundo. Se levantó el campamento en aquel mismo sitio, que era delicioso. 


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