La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Es verdad que el marino consideraba al mono desde el punto de vista puramente alimenticio y, en efecto, aquellos animales, que son únicamente herbívoros, constituyen una caza excelente, pero ya que abundaban las provisiones, no debían gastarse las municiones en balde. Hacia las cuatro de la tarde la navegación del río de la Merced se hizo muy difícil, por estar su curso completamente obstruido por plantas acuáticas y piedras. Las orillas se elevaban más, y el lecho del río se abría entre los primeros contrafuertes del monte Franklin. Sus fuentes no podían estar lejos, pues se alimentaban de todas las aguas de las laderas meridionales de la montaña.

-Antes de un cuarto de hora -dijo el marino-tendremos que detenernos, señor Ciro. -Pues bien, nos detendremos, Pencroff, y organizaremos un campamento para pasar la noche.

-¿A qué distancia estaremos del Palacio de granito? -preguntó

Harbert.

-A siete millas, poco más o menos -contestó el ingeniero-, pero teniendo en cuenta los rodeos del río, que nos han llevado hacia el noroeste.

-¿Continuaremos adelante? -preguntó el periodista.


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