La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Se conocía que el fondo iba subiendo poco a poco y que no estaba lejos el momento en que la canoa tuviera que detenerse por falta de agua. El sol declinaba al horizonte y proyectaba sobre el suelo la sombra desmesurada de los árboles. Ciro Smith, viendo que sería imposible llegar de día a la costa occidental de la isla, resolvió acampar en el sitio mismo en que la embarcación, por falta de agua, se encontrase forzosamente detenida. Calculaba que la costa debía distar todavía cinco o seis millas, distancia demasiado grande para atravesarla de noche por entre bosques desconocidos.
Empujaron la embarcación sin descanso a través del bosque, que poco a poco iba volviendo a espesarse y a presentarse también más poblado, pues, si los ojos del marino no le engañaban, había bandadas de monos, que corrían entre los árboles. Algunas veces dos o tres se detuvieron a distancia de la piragua y miraron a los colonos sin manifestar ningún miedo, como si viendo hombres por la primera vez no hubiesen aprendido todavía a temerlos. Habría sido fácil matar a tiros algunos de aquellos cuadrúmanos, pero Ciro Smith se opuso a aquella matanza inútil, que tentaba un poco la codicia de Pencroff. Por otra parte, era prudente abstenerse de tirar, porque aquellos monos vigorosos y dotados de una gran agilidad, podrían hacerse temibles, y valía más no provocar su furor con una agresión inoportuna.