La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Ya vendrá, Pencroff, ya lo encontraremos -interrumpió el ingeniero-; pero continuemos nuestra navegación hasta donde pueda llevarnos la piragua.
La exploración continuó durante dos millas por lo menos, atravesando un paraje cubierto de eucaliptos, árbol que dominaba en todos los bosques de aquella isla. El espacio que cubrían se extendía hasta perderse de vista a los dos lados del río de la Merced, cuyo lecho, bastante sinuoso, se abría entre las dos altas orillas de verdor, y a trechos velase obstruido por altas hierbas y hasta rocas agudas que hacían penosa la navegación y dificultaban la acción de los remos hasta el punto de tener Pencroff que valerse de un palo para impeler la canoa.