La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Era el 30 de abril. Los dos cazadores se habían internado hacia el sudoeste del Far-West, cuando el corresponsal, que precedía a Harbert unos cincuenta pasos, llegó a una especie de glorieta en que los árboles estaban más espaciados y dejaban penetrar algunos rayos del sol. Se sorprendió Spilett al notar el olor que exhalaban ciertos vegetales de tallos rectos, cilíndricos y ramosos, que producían flores dispuestas en racimos de granos pequeñísimos. Arrancó uno o dos de aquellos tallos y volvió al sitio donde estaba el joven, a quien dijo:
-Mira qué es esto, Harbert.
-¿Dónde ha encontrado esa planta, señor Spilett?
-Allá, en un claro. Hay muchas.
-Señor Spilett -dijo Harbert-, es un hallazgo que le da derecho a la gratitud de Pencroff.
-¿Es tabaco?
-Sí; si no de primera calidad, es tabaco al fin y al cabo.
-¡Qué contento se va a poner Pencroff! Pero no lo fumará todo, ¡qué diantre!, nos dejará una buena parte.
-Una idea, señor Spilett -dijo Harbert-. No digamos nada a Pencroff. Prepararemos esas hojas y, cuando esté curado y en las debidas condiciones, le presentaremos una pipa ya cargada.