La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Entonces, ¿qué va a hacer?
-Tratar de mantenernos al largo hasta la hora del flujo, es decir, hasta las siete de la tarde, y, si entonces hay posibilidad, intentaré entrar en el golfo; si no, continuaremos corriendo bordadas durante toda la noche y entraremos mañana al salir el sol.
-Ya le he dicho, Pencroff, que confiamos en su experiencia -respondió
Ciro Smith.
-¡Ah! -dijo Pencroff-, ¡si al menos hubiese un faro en esa costa! Sería más cómodo para los navegantes.
-Sí -añadió Harbert-, tanto más que esta vez no tendremos un ingeniero previsor que encienda una hoguera para guiamos al puerto.
-A propósito, mi querido Ciro -dijo Gedeón Spilett-, no le hemos dado las gracias por aquel fuego que encendió; pero la verdad es que, si no se le hubiera ocurrido encenderlo, jamás habríamos podido llegar...
-¿Un fuego? -preguntó Ciro Smith, muy admirado de las palabras del periodista.
-Aludimos, señor Ciro -dijo Pencroff-, a la situación embarazosa en que nos vimos a bordo del Buenaventura en las últimas horas que precedieron a nuestro regreso; porque habríamos pasado a sotavento de la isla sin la precaución que usted tomó de encender una hoguera en la noche del 19 al 20 de octubre en la meseta del Palacio de granito.