La Isla misteriosa

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Y, además, pensaba Pencroff, “¿Por qué ha de ser imposible volver a poner a flote ese brick? Si no tiene más que una vía de agua, se tapa, y un buque de trescientas o cuatrocientas toneladas es un verdadero navío, comparado con nuestro Buenaventura. Con un buque como ése se va lejos, se va adonde se quiere. El señor Ciro, Ayrton y yo tendremos que examinar ese punto, porque la cosa vale la pena.”

En efecto, si el brick estaba todavía en disposición de navegar, las probabilidades de volver a la patria aumentaban en favor de los colonos. Mas, para decidir esta importante cuestión, convenía esperar a que hubiera acabado de bajar la marea y poder visitar el casco del brick en todas sus partes.

Cuando aseguraron todos los pecios que habían salido a la superficie del mar, Ciro Smith y sus compañeros se concedieron unos instantes para el almuerzo. El hambre los tenía desmayados; por fortuna no estaba lejos la cocina y Nab podía pasar por cocinero excelente. 

Se almorzó junto a las Chimeneas y, mientras tanto, se habló mucho del acontecimiento inesperado, que tan milagrosamente había salvado la colonia.

-Milagrosamente -repetía Pencroff-, porque debemos confesar que esos tunantes han volado en el momento preciso. El Palacio de granito se iba haciendo completamente inhabitable.


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