La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -Pero que ya no es, valiente Ayrton -repuso el marino. Era muy singular que fuesen tan pocos los cadáveres que sobrenadaban. No había más que cinco o seis, y el reflujo comenzaba a llevárselos hacia alta mar. Probablemente, los presidiarios, sorprendidos por el hundimiento, no habían tenido tiempo de huir y, habiéndose tendido el buque de costado, la mayor parte había quedado sepultada bajo el empalletado. Ahora bien, el reflujo que iba a arrastrar hacia alta mar los cadáveres de aquellos miserables ahorraría a los colonos la triste tarea de enterrarlos en algún rincón de la isla.
Por espacio de dos horas Ciro Smith y sus compañeros se ocuparon únicamente en halar los palos y berlingas sobre la arena, en desenvergar y poner en seco las velas que estaban perfectamente intactas. Hablaban poco, pues el trabajo les tenía absortos, pero ¡cuántos pensamientos atravesaban sus ánimos! Era una fortuna la posesión de aquel brick, o mejor dicho, de todo lo que contenía. En efecto, un buque es como un pequeño mundo e iba a aumentar el material de la colonia con muchos objetos útiles. Sería, en grande, el equivalente de la caja hallada en la punta del Pecio.