La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -No está mal dicho, hijo mÃo -dijo Pencroff-. Yo también y todos nosotros desearÃamos lo mismo. No soy curioso, pero darÃa un ojo por ver cara a cara a ese individuo. Me parece que debe ser hermoso, grande, fuerte, con una gran barba, cabellos como rayos y sentado sobre nubes con una bola en la mano.
-¡Pencroff! -intervino Gedeón Spilett-. Es el retrato del Padre Eterno.
-Es posible, señor Spilett -repuso el marino-, pero yo me lo figuré asÃ.
-¿Y usted, Ayrton? -preguntó el ingeniero.
-Señor Smith -contestó Ayrton-, yo no puedo decir mi parecer en estas circunstancias. Lo que ustedes hagan estará bien hecho y, cuando ustedes quieran asociarme a sus investigaciones, estaré dispuesto a seguirlos.
-Gracias, Ayrton -dijo Ciro Smith-. Sin embargo, quisiera una respuesta más directa a la pregunta que le he hecho. Es usted nuestro compañero, ha hecho ya sacrificios por nosotros, y tiene derecho, como todos, a ser consultado cuando se trata de tomar una decisión importante. Hable usted.