La Isla misteriosa
La Isla misteriosa No había que temer humedad en aquella espesa masa de granito. Muchas excavaciones naturales situadas en el corredor superior se aumentaron o profundizaron con el pico o con la mina, y el Palacio de granito llegó a ser un depósito general de provisiones, municiones, herramientas y utensilios de repuesto; en una palabra, de todo el material de la colonia. En cuanto a los cañones procedentes del brick, eran hermosas piezas de acero fundido, que, a instancia de Pencroff, fueron izados por medio de grúas hasta el piso superior del Palacio de granito, se establecieron emplazamientos entre las ventanas y pronto se les vio alargar sus fauces lucientes a través de la pared granítica. Desde aquella altura las bocas de fuego dominaban verdaderamente toda la bahía de la Unión. Era un pequeño Gibraltar y todo buque que se hubiera arriesgado en las aguas del islote se habría visto expuesto inevitablemente al fuego de toda aquella batería aérea.
-Señor Ciro -dijo un día Pencroff, el 8 de noviembre-, ahora que la fortificación está terminada, deberíamos probar el alcance de nuestras piezas.
-¿Cree que será útil? -preguntó el ingeniero.
-Más que útil es necesario. Sin eso, ¿cómo podríamos conocer la distancia a que podemos enviar una de esas hermosas balas de que estamos provistos?