La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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El interpelado guardó silencio y Ciro Smith sintió que Pencroff le hubiera hecho un poco ligeramente aquella pregunta. Sintió una viva emoción, cuando Ayrton contestó con voz humilde:

-Yo he sido uno de esos jaguares, señor Pencroff, y no tengo derecho a hablar...

Y se alejó con paso lento.

-¡Qué bestia soy! -exclamó Pencroff-. ¡Pobre Ayrton! Sin embargo, tiene derecho a hablar tanto como el primero.

-Sí -dijo Gedeón Spilett-. Su reserva le honra y conviene respetar el recuerdo que tiene de su triste pasado.

-Entendido, señor Spilett -contestó el marino-, no volverá a suceder. Preferiría cortarme la lengua que causar un disgusto a Ayrton. Pero, volviendo a la cuestión, me parece que esos bandidos no tienen derecho a nuestra misericordia y que debemos lo más pronto posible desembarazamos de ellos.

-¿Ese es su parecer, Pencroff? -preguntó el ingeniero.

-Sí, señor.

-Y antes de perseguirlos sin piedad, ¿no quiere usted esperar a que hayan cometido algún nuevo acto de hostilidad contra nosotros?


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