La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Cómo! ¿No basta lo que han hecho ya? -preguntó Pencroff, que no comprendía la razón de tales escrúpulos.
-¡Pueden mejorar de sentimientos -dijo Ciro Smith-y arrepentirse!...
-¡Arrepentirse! -exclamó el marino encogiéndose de hombros.
-Pencroff, acuérdate de Ayrton -dijo entonces Harbert tomando la mano del marino-. Ya ves que se ha hecho hombre honrado. Pencroff miró a sus compañeros uno tras otro, porque jamás habría creído que su proposición debiera suscitar discusión alguna. Su ruda naturaleza no podía admitir que se transigiera con los malvados que habían desembarcado en la isla, con los cómplices de Bob Harvey, con los asesinos de la tripulación del Speedy y los miraba como fieras que debían destruir sin vacilación y remordimiento.
-¡Caramba! -dijo-. Todo el mundo está contra mí. ¿Quieren ser generosos con esa canalla? ¡Sea! ¡Ojalá no tengamos que arrepentimos!
-¿Qué peligro corremos -dijo Harbert-, si tenemos cuidado de vivir alerta?
-¡Hum! -dijo el periodista, que no se inclinaba demasiado a la clemencia-. Son seis y bien armados. Si cada uno se embosca en un punto y hace fuego sobre uno de nosotros, pronto serán dueños de la colina.