La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Gedeón Spilett y Harbert tomaron también sus fusiles y hacia las tres de la tarde salieron del Palacio de granito. Nab les acompañó hasta el recodo del río de la Merced y, después de haberles dado paso, levantó el puente. Se había convenido en que la vuelta de los colonos se anunciaría por un tiro, a cuya señal Nab volvería a restablecer la comunicación entre las dos orillas del río. La pequeña caravana se adelantó por el camino del Puerto hasta la costa meridional de la isla. La distancia no era más que de tres millas y media, pero Gedeón Spilett y sus dos compañeros tardaron dos horas en atravesarla, porque fueron registrando toda la orilla del camino, tanto del lado del espeso bosque cuanto del pantano de los Tadornes.
No encontraron huellas de los fugitivos, que, sin duda, no sabiendo todavía cuántos eran los colonos, ni qué medios de defensa tenían, se habían ido a refugiar a las partes menos accesibles de la isla. Pencroff, al llegar al puerto del Globo, vio con gran satisfacción al Buenaventura tranquilamente fondeado en la estrecha ensenada. Por lo demás, el puerto del Globo estaba tan oculto entre las altas rocas, que ni desde el mar ni desde la tierra se le podía descubrir hasta no estar encima o dentro de él.
-Vamos -dijo Pencroff-, esos tunantes todavía no han venido aquí. Las altas hierbas van mejor a los reptiles y los encontraremos en el Far-West.