La Isla misteriosa
La Isla misteriosa En todo caso, lo que importaba era hacer la cura de las dos heridas sin tardar. No creyó necesario Gedeón Spilett excitar la salida de la sangre, lavándolas con agua tibia y comprimiendo los labios: la hemorragia había sido muy abundante y Harbert estaba demasiado debilitado por la pérdida de sangre.
Creyó, pues, que debía contentarse con lavar las dos heridas con agua fría.
Harbert estaba echado sobre el lado izquierdo y en esta posición fue mantenido.
-Es preciso que no se mueva -dijo Gedeón Spilett-. Está en la posición más favorable para que las heridas de la espalda y del pecho puedan supurar con facilidad. Necesita un reposo absoluto.
-¡Qué! ¿No podremos trasladarlo al Palacio de granito? -preguntó el marino.
-No, Pencroff -contestó el periodista.
-¡Maldición! -exclamó el marino, levantando los puños hacia el cielo.
-¡Pencroff! -dijo Ciro Smith.
Gedeón Spilett volvió a examinar al joven herido con atención. Harbert continuaba tan espantosamente pálido, que el periodista se turbó.
-Ciro -dijo-, yo no soy médico..., me encuentro en una perplejidad terrible. Debe ayudarme con sus consejos y su experiencia.