La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -El corazón no ha sido tocado, porque de lo contrario el pobre Harbert habría muerto. -¡Muerto! -exclamó Pencroff, dando un grito. El marino no había oído más que las últimas palabras del periodista.
-No, Pencroff -dijo Ciro Smith-, no. No está muerto. Su pulso late todavía y ha lanzado un gemido, pero por el interés mismo de nuestro hijo cállese. Necesitamos serenidad, no nos la haga perder, amigo. Pencroff guardó silencio, pero reaccionó y su rostro se inundó de lágrimas.
Entretanto, Gedeón Spilett trataba de reunir sus recuerdos médicos para proceder con método. Según lo que había observado, no era dudoso para él que la bala había entrado por el pecho y salido por la espalda. Pero ¿qué estragos había causado a su paso? ¿Qué órganos vitales había tocado? Habría costado trabajo a un cirujano de profesión decirlo en aquel momento, con mayor razón al periodista.
Este, sin embargo, sabía una cosa: que se necesitaba, ante todo, evitar la estrangulación inflamatoria de las partes lesionadas, para combatir después la inflamación local y fiebre, que resultarían de la herida, herida mortal tal vez. Ahora bien, ¿qué tópicos, qué antiflogísticos debían emplearse? ¿Por qué medios evitar la inflamación?