La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Procedió, ayudado de Ciro Smith, a dar a Harbert el socorro que reclamaba su estado. Lo primero que sorprendió al periodista fue el sopor general que consumía las fuerzas de Harbert, sopor debido, sin duda, bien a la hemorragia, bien a la conmoción, si la bala había dado en algún hueso con bastante fuerza para determinar una violenta sacudida. Harbert estaba muy pálido y su pulso era tan débil, que Gedeón Spilett lo sentía a largos intervalos, como si hubiera estado a punto de detenerse. Al mismo tiempo, había una insensibilidad casi completa y un desmayo absoluto: síntomas todos muy graves.
Desnudaron el pecho de Harbert y, habiéndose detenido la hemorragia con los pañuelos, lo lavaron con agua fresca. Entonces apareció la contusión o, mejor dicho, la herida contusa. Vieron un agujero oval en el pecho entre la tercera y cuarta costillas. Por allí había entrado la bala.
Ciro Smith y Gedeón Spilett volvieron al pobre joven, que lanzó un gemido tan débil, que hubiera podido creerse que era su último suspiro. Otra herida contusa ensangrentaba la espalda de Harbert, de la cual se escapó inmediatamente la bala que le había herido.
-¡Dios sea loado! -dijo el periodista-. La bala no ha quedado en el cuerpo y no tendremos necesidad, por lo tanto, de extraerla.
-Pero... ¿y el corazón? -preguntó Ciro Smith.