La Isla misteriosa

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Entretanto, Gedeón Spilett y el marino se levantaron sobre las estacas de la empalizada, saltaron el recinto, derribando los puntales que mantenían la puerta interiormente, se precipitaron en la casa vacía y poco después el pobre Harbert reposaba en la cama de Ayrton. Ciro Smith no tardó en llegar.

Al ver a Harbert desmayado, el dolor del marino fue terrible. Sollozaba, lloraba y quería romperse la cabeza contra la pared. Ni el ingeniero ni el periodista lograban calmarlo: la emoción los sofocaba también y no podían hablar.

Sin embargo, hicieron cuanto estaba en su mano para disputar a la muerte al pobre joven que agonizaba a su vista. Gedeón Spilett, cuya vida estaba llena de tantas aventuras, poseía algunos conocimientos prácticos de medicina general. Sabía un poco de todo y en muchas circunstancias había tenido necesidad de curar heridas producidas por arma blanca o por arma de fuego. 






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