La Isla misteriosa

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A la mañana siguiente, 12 de noviembre, Ciro Smith y sus compañeros recobraron alguna esperanza. Harbert había vuelto de su largo sopor: abrió los ojos, conoció a Ciro Smith, al periodista y a Pencroff y pronunció dos o tres palabras. No sabía lo que había pasado: se lo dijeron, y Gedeón Spilett le suplicó que guardara reposo absoluto, diciéndole que su vida no corría peligro y que sus heridas cicatrizarían en pocos días. Por lo demás, Harbert casi no sentía dolor y el agua fría con que las bañaban incesantemente impedía la inflamación de las heridas. La supuración se establecía de un modo regular, la fiebre no tendía a aumentarse y se podía esperar que la cobarde agresión no tendría consecuencias funestas. Pencroff sintió ensancharse su corazón poco a poco: era una hermana de la caridad, una madre junto al lecho de su hijo.

Harbert se aletargó de nuevo, pero esta vez el sueño parecía mejor.

-Repítame que tiene esperanzas, señor Spilett -dijo Pencroff-, repítame que salvará a Harbert.

-Sí, lo salvaremos -dijo el periodista-. La herida es grave y quizá la bala ha atravesado el pulmón, pero la perforación de este órgano no es mortal.


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