La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¿Y si, alarmado por nuestra ausencia, se aventurase a venir?
-Es preciso que no venga -contestó Ciro Smith-. SerÃa asesinado en el camino. -Sin embargo, lo más probable es que trate de reunirse con nosotros.
-¡Ah! Si funcionase el telégrafo, le podrÃamos avisar, pero es imposible. En cuanto a dejar solos aquà a Pencroff y Harbert no hay que pensar en ello... Pues bien, yo iré solo al Palacio de granito.
-No, no, Ciro -intervino el periodista-. No se exponga asÃ, porque de nada le servirÃa su valor. Esos miserables, evidentemente, vigilan la dehesa y están emboscados entre la espesura que la rodea. Si fuese solo, tendrÃamos que sentir dos desgracias en vez de una.
-Pero ¿y Nab? -repitió el ingeniero-. Ya hace veinticuatro horas que está sin noticias nuestras. Querrá venir.
-Y como estará aún menos prevenido que nosotros para evitar una sorpresa -añadió Gedeón Spilett-, será indudablemente atacado.
-¿No hay medio de avisarlo?
Mientras el ingeniero reflexionaba, se fijaron sus miradas en Top, que iba y venÃa de un lado a otro, y parecÃa decir: “¿No estoy yo aquà para eso? “
- ¡Top! -exclamó Ciro Smith.
El animal llegó de un salto junto a su amo.