La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Al cabo de diez días, el 22 de noviembre, Harbert mejoraba a ojos vistas, y había comenzado a tomar algún alimento. Volvían los colores a las mejillas y miraba, sonriéndose, a sus enfermeros. Hablaba un poco, a pesar de los esfuerzos de Pencroff, que charlaba sin cesar para impedirle tomar la palabra y le contaba las historias más inverosímiles. Harbert le había preguntado por Ayrton, porque le extrañaba no verlo allí y pensaba que debería estar en la dehesa, pero el marino, que no quería afligirlo, se había contentado con responder que Ayrton había marchado al Palacio de granito para defenderlo con Nab.
-¡Ah! -decía-, esos piratas son unos caballeros que no tienen derecho a ninguna consideración de nuestra parte. ¡Y el señor Smith que confiaba en atraerlos con buenos sentimientos! Yo les enviaré un buen sentimiento, pero será con una bala de grueso calibre.
-¿Y no se les ha vuelto a ver? -preguntó Harbert.
-No, hijo mío -contestó el marino-, pero los encontraremos. Cuando estés curado, veremos si esos cobardes, que hieren por detrás, se atreven a atacarnos cara a cara. -Estoy todavía muy débil, mi pobre Pencroff.
-¡Bah! Las fuerzas volverán poco a poco. ¿Qué es una bala a través del pecho? ¡Una friolera! Yo he tenido algunas y no por eso me siento menos fuerte.