La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Este era el cuidado más doloroso de los colonos. Pasaron algunos días y el estado del pobre joven, afortunadamente, no había empeorado. Era mucho haber ganado tiempo contra la enfermedad. El agua fría, siempre mantenida a la temperatura conveniente, había impedido la inflamación de las heridas, y el periodista llegó a creer que aquel agua, un poco sulfurosa, lo cual se explicaba por la proximidad del volcán, tenía una acción más directa sobre la cicatrización. La supuración era menos abundante y Harbert, merced a los cuidados incesantes de que estaba rodeado, volvía a la vida, su fiebre era menos intensa. Además, estaba sometido a una dieta severa y, por consiguiente, su debilidad era y debía ser grande; pero no faltaban las tisanas y el reposo absoluto le hacía bien.
Ciro Smith, Gedeón Spilett y Pencroff se habían hecho muy hábiles para curar al joven herido. Habían sacrificado todo el lienzo que había en la habitación. Las heridas de Harbert, cubiertas de compresas y de hilas, no estaban ni comprimidas ni holgadas, de manera que se provocase la cicatrización sin determinar ninguna reacción inflamatoria. El periodista hacía las curas con cuidado, sabiendo cuán importante era esto y repitiendo a sus compañeros lo que reconocen espontáneamente la mayor parte de los médicos; a saber: que es más raro ver una cura bien hecha, que una operación bien practicada.