La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Ah! ¡Yo quisiera que estuviese en el Palacio de granito -exclamó Pencroff-y nosotros también! Porque, al fin, si esa canalla no puede intentar nada contra nuestra casa, al menos puede saquear la meseta, las plantaciones y el corral.
Pencroff se habÃa hecho un verdadero labrador, aficionado de todo corazón a sus cosechas. Pero debe decirse que Harbert estaba más impaciente que ninguno por volver al Palacio de granito, porque sabÃa cuán necesaria era allà la presencia de los colonos. ¡Y era él quien los detenÃa en la dehesa! Esta era la única idea que ocupaba su imaginación: abandonar la dehesa. CreÃa poder soportar el camino y aseguraba que recobrarÃa la fuerza mucho más Pronto en su cuarto con el aire y la vista del mar.