La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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-¿Están preparadas las armas? -preguntó Ciro Smith. Lo estaban. El ingeniero y Pencroff, armados cada uno de una escopeta de dos cañones, y Gedeón Spilett, provisto de su carabina, estaban preparados para partir.

-¿Estás bien, Harbert? -preguntó el ingeniero.

-Sí, señor Smith -contestó el joven-, esté tranquilo, no moriré en el camino.

Hablando se veía, sin embargo, que el pobre joven apelaba a toda su energía y que por un esfuerzo supremo de voluntad contenía, digámoslo así, sus fuerzas.

El ingeniero sintió que se le oprimía el corazón dolorosamente y estuvo a punto de no dar la señal de la partida. Pero detenerse habría sido desesperar a Harbert y matarlo quizá.

-¡En marcha! -dijo Ciro Smith.

Abrió la puerta de la empalizada y Jup y Top, que sabían callar oportunamente, se precipitaron adelante. El carro salió, se cerró de nuevo la puerta y el onagro, dirigido por Pencroff, se adelantó a paso lento.

Ciertamente habría valido más tomar un camino distinto del que iba directamente de la dehesa al Palacio de granito, pero el carricoche se habría movido con dificultad bajo la espesura del bosque, por lo que tuvieron que seguir aquel camino, aunque debía ser ya conocido por los presidiarios.


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