La Isla misteriosa
La Isla misteriosa El muchacho, al ver entrar al ingeniero, al periodista y a Pencroff, comprendió que la situación se había agravado y, cuando divisó a Jup, no dudó de que amenazase una desgracia al Palacio de granito.
-Señor Ciro -dijo-, marchemos. Me encuentro en estado de soportar el traslado. Quiero irme.
Gedeón Spilett se acercó a Harbert y, después de haberle examinado, dijo:
-Marchemos.
Pronto se resolvió la cuestión de si debía trasladarse a Harbert en unas parihuelas o en el carricoche que había llevado Ayrton a la dehesa. Las parihuelas habrían tenido movimientos suaves para el herido, pero necesitaban dos portadores, es decir, que faltarían dos fusiles para la defensa, si ocurría un ataque en el camino.
Por el contrario, empleando el carricoche quedarían todos los brazos disponibles. No era imposible poner en él colchones, sobre los cuales descansaría Harbert y, avanzando con precaución, se le evitaría todo choque violento.
Llevaron el carricoche. Pencroff enganchó el onagro. Ciro Smith y el periodista levantaron los colchones y los colocaron en el fondo, entre los dos bandos.
El tiempo era bueno. Vivos rayos de sol penetraban entre los árboles.