La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Se acercaban a la meseta, faltaba una milla para divisar el puente del arroyo de la Glicerina. Ciro Smith no dudaba que el puente estaría en su lugar, ya que si los presidiarios habían entrado por él, después de haber pasado una de las corrientes que cerraban el recinto, habrían tomado la precaución de bajarlo para asegurarse la retirada. Al fin, por entre los claros que dejaban los últimos árboles, los colonos vieron el horizonte del mar. Pero el carricoche continuó su marcha, sin que ninguno de sus defensores pensara en abandonarlo. En aquel momento Pencroff detuvo el onagro y con voz terrible exclamó:
-¡Miserables!
Y con la mano mostró una espesa humareda, que daba vueltas por encima del molino, de los establos y de las construcciones del corral. Un hombre se movía en medio de aquellos humos. Era Nab. Sus compañeros dieron un grito. El negro los oyó y corrió hacia ellos. Los presidiarios habían abandonado la meseta hacía una hora, después de haberla devastado.
-¿Y el señor Harbert? -preguntó Nab.
Gedeón Spilett volvió en aquel momento al carricoche. Harbert se había desmayado.