La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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Gedeón Spilett reconoció las heridas, temiendo que se hubiesen abierto por estar todavía imperfectamente cicatrizadas..., pero nada había sucedido. ¿De dónde, pues, venía aquella postración? ¿Por qué se había empeorado el estado de Harbert? El joven fue acometido entonces de una especie de sueño febril y el periodista y Pencroff se quedaron a su lado.

Entretanto, Ciro Smith ponía al corriente a Nab de lo que había pasado en la dehesa, y Nab refería a su amo los acontecimientos de que la meseta acababa de ser teatro.

En la noche anterior los presidiarios habían aparecido al extremo del bosque, en las cercanías del arroyo de la Glicerina. Nab, que vigilaba de cerca el corral, no vaciló en disparar a uno que se disponía a atravesar el arroyo, pero la noche estaba muy oscura y no pudo saber si la bala del fusil había herido o no al miserable. En todo caso el tiro no había bastado para hacer huir a los presidiarios y Nab tuvo sólo tiempo de subir al Palacio de granito, donde, por lo menos, estaba seguro. Pero ¿qué hacer entonces? ¿Cómo impedir la devastación que los presidiarios amenazaban? ¿Tenía algún medio de avisar a su amo? Y por otra parte, ¿en qué situación estaban los mismos huéspedes de la dehesa?


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