La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Ya pueden suponerse los temores que experimentaron el ingeniero y el periodista durante aquel día 7 de diciembre y la noche que siguió. Hacia la mitad del día se presentó el segundo acceso. La crisis fue terrible; Harbert se creía perdido; tendía sus brazos a Ciro Smith, a Spilett y a Pencroff. ¡No quería morir! Aquella escena fue desgarradora y hubo necesidad de alejar a Pencroff.
El acceso duró cinco horas. Era evidente que Harbert no podría soportar el tercero.
La noche fue espantosa. En su delirio Harbert decía cosas que partían el corazón de sus compañeros. Divagaba, luchaba contra los presidiarios, llamaba a Ayrton, suplicaba a aquel ser misterioso, a aquel protector, que ya había desaparecido y cuya imagen lo obsesionaba... Después volvió a caer en una postración profunda, que lo aniquilaba... Muchas veces Gedeón Spilett creyó que el pobre joven había muerto. El día 8 de diciembre no fue más que una sucesión de desmayos. Las manos enflaquecidas de Harbert se crispaban asiendo las ropas de la cama. Se le administraron nuevas dosis de corteza machacada, pero el periodista no esperaba ningún resultado.
-Si antes de mañana no le hemos dado un febrífugo más enérgico, Harbert morirá.