La Isla misteriosa
La Isla misteriosa -¡Dueños de la isla! -exclamó el marino-. ¡Los dueños de la isla!... repitió, y su voz se ahogaba como si un puño de hierro le tuviera asido por la garganta. Después, en tono más tranquilo, dijo-: ¿Sabe usted, señor Ciro, cuál es la bala que he metido en mi fusil?
-No, Pencroff.
-La bala que ha atravesado el pecho de Harbert, y le prometo que no erraré el blanco.
Pero estas justas represalias no podían volver la vida a Ayrton, y del examen de las huellas dejadas en el suelo se debía deducir que no había esperanza ninguna de volverlo a ver.
Aquella noche se estableció el campamento a catorce millas del Palacio de granito y Ciro Smith calculó que debían estar a más de cinco millas del promontorio del Reptil.
Al día siguiente llegaron al extremo de la península habiendo atravesado el bosque en toda su longitud, pero ningún indicio había permitido hasta entonces hallar el retiro donde se habían refugiado los presidiarios, ni el no menos secreto que daba asilo al misterioso desconocido.