La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Pero Pencroff, sobreexcitado y viéndose tan cerca de la casa donde suponía que los presidiarios se habían refugiado, iba a lanzarse adelante, cuando el periodista le detuvo con mano vigorosa murmurando a su oído:
-Dentro de unos instantes será de noche y entonces habrá llegado el momento de operar. Pencroff, apretando convulsivamente la caja de su fusil, se contuvo y esperó maldiciendo la detención.
Pronto se disiparon los últimos resplandores del crepúsculo y la sombra que parecía salir del espeso bosque invadió el terreno descubierto. El monte Franklin se levantaba como una enorme pantalla delante del horizonte occidental y la oscuridad se extendió rápidamente por todas partes, como sucede en las regiones bajas en latitud. Aquél era el momento decisivo.
El periodista y Pencroff, desde que se habían apostado en el extremo del bosque, no habían perdido de vista el recinto de la empalizada. La dehesa parecía abandonada y la cresta de la empalizada formaba una línea un poco más negra que la sombra de alrededor, sin que nada alterase su perfil. Sin embargo, si los presidiarios estaban allí, habrían apostado a uno de los suyos para prevenirse de toda sorpresa. Gedeón estrechó la mano de su compañero y ambos se adelantaron arrastrándose hasta la dehesa con los fusiles preparados.