La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Bajo los árboles, gracias al espesor de su follaje, había cierta oscuridad, que hacía invisibles los objetos más allá de un radio de treinta a cuarenta pies. Spilett y Pencroff, deteniéndose cada vez que un ruido les parecía sospechoso, adelantaban con las mayores precauciones. Marchaban uno separado de otro para ofrecer menos blanco a los tiros, porque esperaban a cada instante oír una detonación. Cinco minutos después de haber dejado a sus compañeros, llegaban al extremo del bosque, delante del claro, en cuyo centro se levantaba el recinto de la empalizada. Se detuvieron. Algunos vagos resplandores bañaban todavía la pradera desnuda de árboles. A treinta pasos se levantaba la puerta de la dehesa, que parecía estar cerrada. Aquellos treinta pasos que era preciso atravesar entre el extremo del bosque y el recinto constituían la zona peligrosa, para emplear una expresión tomada de la balística: en efecto, una o muchas balas, partiendo por encima de la empalizada, habrían derribado a todo el que se hubiese aventurado en aquella zona.
Gedeón Spilett y el marino no tenían intención de retroceder, pero sabían que una imprudencia de su parte redundaría en perjuicio de sus compañeros y que ellos serían las primeras víctimas. Muertos ellos, ¿qué sería de Ciro Smith, de Nab y de Harbert?