La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Asà pasaron tres horas. El viento habÃa desaparecido y un silencio profundo reinaba entre los grandes árboles. La rotura de la más pequeña rama, un ruido de pasos entre las hojas secas, el deslizamiento de un cuerpo entre las hierbas se habrÃan percibido sin dificultad. Pero todo estaba en calma; y Top, echado en el suelo y alargando la cabeza entre las patas, no daba señal de inquietud.
A las ocho, la tarde pareció bastante avanzada para que pudiera hacerse el reconocimiento en buenas condiciones. Gedeón Spilett se declaró dispuesto a ir en compañÃa de Pencroff, y Ciro Smith lo consintió. Top y Jup debieron quedarse con el ingeniero, Harbert y Nab, para que un ladrido o un grito inoportunamente lanzado no viniera a dar la señal de alarma.
-No cometan ninguna imprudencia -dijo Ciro Smith al marino y al periodista-. No deben tomar posesión de la dehesa, sino solamente reconocer si está o no ocupada.
-Convenido -repuso Pencroff.
Y ambos se pusieron en marcha.