La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Hacia las cinco de la tarde el carro se detuvo a unos seiscientos pasos de la empalizada, oculta todavía por una cortina semicircular de grandes árboles.
Había que reconocer la dehesa para saber si estaba ocupada. Ir abiertamente y a la luz del día, por poco emboscados que estuviesen los bandidos, era exponerse a recibir algún balazo, como le había sucedido a Harbert. Era preferible esperar la noche.
Sin embargo, Gedeón Spilett quería reconocer en seguida las inmediaciones de la dehesa, y Pencroff, que estaba muy impaciente, se ofreció a acompañarlo.
-No, amigos míos -dijo el ingeniero-, no les dejaré exponerse a la luz del día.
-¡Pero, señor Ciro! -replicó el marino, poco dispuesto a obedecer.
-Se lo suplico, Pencroff -dijo el ingeniero.
-¡Bueno! -exclamó Pencroff, que dio otro curso a su cólera, apostrofando a los presidiarios con las más duras calificaciones del repertorio marítimo.
Los colonos permanecieron junto al carricoche vigilando con cuidado las inmediaciones del bosque.